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La infancia representa un periodo continuo y gradual de crecimiento, desarrollo y aprendizaje, donde el juego, las emociones y la curiosidad por el mundo que nos rodea marcan el inicio de una etapa que será determinante a lo largo de nuestras vidas. 

Si a día de hoy somos capaces de retrotraernos a nuestra infancia esbozando una sonrisa o evocando un sentimiento de nostalgia es debido a que aquellas emociones vividas durante nuestras primeras etapas fueron capaces de esculpir en nuestra memoria recuerdos vívidos que podemos recordar a lo largo de prácticamente toda nuestra vida.

Es aquí donde conviene que nos detengamos a reflexionar si todo esto que podemos recordamos sería posible sin la correcta cuota de salud, tanto física como psicológica. Durante la infancia, la práctica totalidad de nuestros sistemas y aparatos está en continuo desarrollo, un proceso que no se completa hasta alcanzar la etapa adulta, y que incluso puede prolongarse a lo largo de ésta. Sin embargo, es importante resaltar que son precisamente estos primeros años donde el desarrollo físico y mental se sucede de forma más rápida y determinante.

En este contexto, resulta evidente que una alimentación sana y equilibrada es un factor decisivo para lograr estos objetivos. Esta alimentación debe garantizar los niveles adecuados de vitaminas, minerales, aminoácidos esenciales, glúcidos y ácidos grasos, especialmente los denominados “ácidos grasos esenciales”. Los ácidos grasos esenciales, entre los que se encuentran los omega-6 y omega-3, reciben este nombre debido a que nuestro organismo es incapaz de sintetizarlos partir de otros precursores al carecer de las enzimas necesarias, por lo que éstos han de incorporarse en la dieta. 

La dieta característica de occidente, incluyendo la dieta de los países mediterráneos, se caracteriza por niveles manifiestamente más altos de ácidos grasos omega-6 en comparación con los ácidos grasos omega-3, siendo los niveles de éstos últimos deficitarios atendiendo a los valores de referencia nutricionales (VRN). 

Los ácidos grasos omega-3 de mayor importancia biológica para nuestro organismo son el ácido Eicosapentanoico (EPA; 20:5) y Docosahexanoico (DHA; 22:6), que si bien pueden ser sintetizados a partir del ácido α-linolénico (18:3) mediante la acción secuencial de elongasas y desaturasas, la baja eficiencia de esta ruta hace necesaria su suplementación dietética [1-4]. 

Los ácidos grasos EPA y DHA reportan numerosos beneficios actuando nuestra salud a diferentes niveles: son cruciales para el correcto funcionamiento y desarrollo del cerebro, mejoran la función visual, actúan a diferentes niveles mejorando la salud cardiovascular, mantienen la homeostasis del sistema inmunológico, desempeñan un importante papel antiinflamatorio y reducen los niveles de triacilglicéridos y colesterol en plasma entre otros muchos efectos. Todas estas funciones, absolutamente necesarias a lo largo de toda la vida, muchas de ellas son especialmente críticas en la infancia [2, 5] debido a que es en esta etapa cuando se desarrollan muchos de los órganos y sistemas. 

Importancia de DHA y EPA en desarrollo y funcionamiento del cerebro.

El desarrollo del cerebro comienza ya durante el tercer trimestre del embarazo [6], momento en el cual se produce un pico en la acumulación de DHA en el cerebro [5, 7]. El DHA desempeña un papel estructural esencial en el cerebro confiriendo fluidez a las membranas neuronales, un proceso de extraordinaria importancia para el crecimiento de las neuritas y el correcto establecimiento de los contactos sinápticos, la neurotransmisión, la mielinización de las neuronas y la supervivencia neuronal, [8, 9]. Ya desde este momento, y a lo largo de los primeros años de vida, los niveles adecuados de ácidos grasos omega-3 son esenciales para el correcto desarrollo del cerebro, un proceso que tiene un correlato funcional en la consolidación de la memoria y el aprendizaje cognitivo llevado a cabo por el hipocampo y la corteza cerebral, la gestión de las emociones y la memoria emocional, coordinado por la amígdala, la coordinación y el aprendizaje motor, efectuado por el cerebelo etc [10].

Los niveles adecuados de DHA durante el embarazo, la lactancia y la infancia son esenciales a fin de garantizar el correcto desarrollo y función del cerebro. En este sentido, varios estudios han reportado síndromes y alteraciones conductuales y cognitivas como resultado de déficit en DHA [11, 12]. Los ejemplos más representativos los constituyen el trastorno de atención e hiperactividad, TDAH, y los síndromes autistas, ASD (por sus siglas en inglés Autism Spectrum Disorder), con gran prevalencia en la población infantil y caracterizados por afectar tanto a procesos cognitivos como emocionales y sociales. En ambas afecciones, estudios científicos han descrito un déficit en DHA, y respaldan un papel terapéutico de la suplementación alimenticia con DHA capaz de disminuir algunas de sus manifestaciones [7, 13, 14].

Papel Esencial del DHA en Retina.

Los bastones de la retina son las células fotorreceptoras encargadas de la percepción de los estímulos visuales y su transmisión a través del nervio óptico hasta la corteza visual del cerebro [10]. En este proceso se requiere tanto el correcto funcionamiento de los bastones de la retina como el desarrollo cerebro, encargado de la interpretación del impulso nervioso aferente.

En la retina, la membrana de los discos externos de los bastones presenta una alta concentración de DHA. Este ácido graso, debido a su flexibilidad conformacional conferida por los dobles enlaces cis, genera una membrana fluida y dotada de gran flexibilidad [15]. Esta propiedad es necesaria para la rápida de inserción de vesículas que contienen la proteína receptora de los estímulos luminosos “rodopsina”, así como para los cambios conformaciones que dicha proteína ha de sufrir para permitir el proceso de la visión [15, 16]. 

Si bien es cierto que el DHA es necesario para la función visual es necesario durante toda la vida, sus requerimientos nutricionales son aún más decisivos durante la infancia motivado por una mayor demanda del DHA para el desarrollo del epitelio visual [17].

 

EPA y DHA en la modulación de la Respuesta Inflamatoria: Alergias y asma.

El desarrollo general que caracteriza a la infancia afecta también al sistema inmunológico, un conjunto de células órganos y tejidos responsables de elaborar una respuesta defensiva frente a potenciales agentes patógenos [18]. La regulación y coordinación de las diferentes respuestas inmunológicas son procesos complejos y finamente regulados donde entran en juego numerosos factores [18]. Uno de estos factores es sin duda alguna la alimentación, y los niveles relativos de ácidos grasos omega-6 y omega-3 [1]. 

Los ácidos grasos Omega-6 y Omega-3 son precursores de diferentes moléculas con un importante papel en señalización en el sistema inmunológico, si bien es cierto que con frecuencia los efectos de uno y otro tipo de ácidos grasos son contrapuestos. En este punto resulta fácil comprender como un desequilibrio entre la ingesta de ácidos grasos omega-6 y Omega-3 subyace a una alteración en la homeostasis del sistema inmunológico [4, 19].

 Los ácidos grasos omega-6 son precursores de moléculas con un papel pro-inflamatorio, mientras que los ácidos grasos omega-3 se han demostrado eficaces en la modulación de la respuesta anti-inflamatoria [20] y en el restablecimiento de la homeostasis inmunológica a través de diferentes mecanismos [1, 4, 19, 21].  DHA y EPA son procesados enzimáticamente en los focos de inflamación generando una serie de moléculas especializadas en la modulación de la inflamación, “SPM” (del inglés, “Specialized Pro-resolving Mediators”) [22, 23]. Los SPM comprenden una serie de mediadores locales denominados Maresinas, Protectinas y Resolvinas, con un papel activo en la resolución de la inflamación, el restablecimiento de la función inmunológica y la regeneración celular y tisular [24]. 

Debido al efecto antiinflamatorio de los ácidos grasos Omega-3, su ingesta se he demostrado eficaz en el tratamiento de patologías que cursan con un importante componente inflamatorio como son el asma [21] o las alergias [25].

 

Beneficios de los ácidos grasos Omega-3 sobre el metabolismo: obesidad y diabetes.

La obesidad infantil ha sido catalogada como uno de los mayores problemas de salud según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Esta enfermedad se debe en buena medida a la falta de ejercicio físico en los niños y una alimentación desequilibrada, donde el consumo de grasas saturadas excede los valores recomendados, y en paralelo el consumo de ácidos grasos omega-3 es muy deficitario. 

En paralelo al problema de obesidad infantil, la incidencia de otras patologías como hipercolesterolemia y diabetes de tipo II también han aumentado en las últimas dos décadas [2, 26].  En este contexto metabólico, los ácidos grasos omega-3 han demostrado una eficacia contrastada disminuyendo los niveles de colesterol y triglicéridos plasmáticos [2, 4, 26], hecho que rebaja la propensión a la obesidad, y con ello el riesgo de padecer DMII [27]. Por otra parte, los ácidos DHA y EPA son precursores de mediadores antiinflamatorios, SPM [22, 23], un efecto que minimiza otro de los factores no deseados de la obesidad, y con ello la propensión a desarrollar DMII [28].

La composición y fluidez de la membrana es determinante en la señalización de la insulina a través de su receptor.

Además de sus efectos sobre la prevención de la DMII, los ácidos grasos Omega-3 también se han demostrado eficaces en el tratamiento de la DMII. La correcta señalización de insulina a través de su receptor tiene lugar gracias a la dimerización del mismo, necesario para su activación y la transmisión de la señal al interior celular. Este efecto es en buena medida dependiente de la composición y la fluidez del dominio de membrana en el que se encuentra, ya que para este cambio conformacional se requiere de un grado de fluidez mínimo de la membrana plasmática. En este escenario juegan un papel clave los ácidos grasos DHA y EPA, que debido a su elevado número de insaturaciones cis, generan así regiones de membrana más fluidas requeridas para los cambios conformacionales del receptor de insulina [16, 29].

En Resumen

Los ácidos grasos DHA y EPA desempeñan múltiples efectos beneficiosos a nivel sistémico actuando sobre el cerebro, corazón, células del sistema inmunológico, retina, vasos sanguíneos o músculos. Su función es de extraordinaria importancia para el correcto desarrollo físico y psíquico de los niños debido a que es durante los primeros años de vida cuando tiene lugar el mayor grado de desarrollo de tejidos, órganos y sistemas. 

Los complementos nutricionales de EPA y DHA de alta concentración a base de triacilglicéridos logran la máxima absorción y biodisponibilidad, permitiendo alcanzar los VRN óptimos para garantizar un crecimiento y desarrollo saludable.

 

Dr. Alberto Ramperez Martín

Doctor en Bioquímica, Biología Molecular y Biomedicina

 

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