Dra. Jennifer Luis · Ginecóloga
Cuando pensamos en preparar nutricionalmente un embarazo, probablemente el primer suplemento que nos viene a la cabeza es el ácido fólico. Y con razón. Pero la preparación preconcepcional va mucho más allá. El estado nutricional con el que una mujer llega al embarazo importa porque, cuando aparece el test positivo, muchos de los procesos más importantes ya están en marcha.
El embrión se ha implantado, la placenta empieza a desarrollarse y el organismo materno ya está poniendo sus recursos a disposición de ese embarazo.
Entre los nutrientes que merece la pena tener en cuenta antes de la concepción están los ácidos grasos omega-3 y, especialmente, el DHA (ácido docosahexaenoico).
Conviene aclarar algo desde el principio: el DHA no es un tratamiento para conseguir un embarazo ni ha demostrado aumentar de forma consistente las posibilidades de concepción. Su interés en la etapa preconcepcional es otro: llegar al embarazo con unas reservas adecuadas de un nutriente que tendrá un papel especialmente importante durante los meses siguientes
El DHA pertenece a la familia de los ácidos grasos omega-3 de cadena larga, junto con el EPA (ácido eicosapentaenoico).
Nuestro organismo puede fabricar DHA a partir del ácido alfa-linolénico o ALA, un omega-3 presente en alimentos vegetales como las nueces, el lino o la chía. Sin embargo, esta conversión es limitada, por lo que una parte importante debe obtenerse directamente a través de la alimentación.
Las principales fuentes son determinados pescados y mariscos. Cuando la alimentación no permite alcanzar un aporte suficiente, puede valorarse la suplementación con aceite de pescado o con DHA procedente de microalgas, una alternativa especialmente útil cuando no se consume pescado.
El DHA se incorpora a las membranas de nuestras células y está presente en concentraciones especialmente elevadas en el cerebro y la retina. Durante el embarazo, el feto depende fundamentalmente del DHA que recibe de la madre. Por eso tiene sentido pensar en nuestras reservas antes de que el embarazo empiece.
Desde el punto de vista biológico existen buenos motivos para estudiar el DHA en fertilidad. El DHA forma parte de los fosfolípidos de la membrana del ovocito y puede modificar su fluidez, permeabilidad y señalización, así como la función de receptores y canales iónicos.
La membrana del ovocito no es simplemente una cubierta: participa en su maduración, en la interacción entre el espermatozoide y el ovocito y en los cambios celulares posteriores a la fecundación. Por tanto, existe una base biológica plausible para pensar que un adecuado estado de Omega 3 contribuye al funcionamiento normal del ovocito.
Pero una base biológica plausible no equivale a demostrar que tomar DHA produzca "mejores óvulos".
Los estudios realizados en mujeres sometidas a reproducción asistida han encontrado asociaciones entre la composición de ácidos grasos del líquido folicular y algunos resultados reproductivos, pero los resultados son heterogéneos. En algunos trabajos, concentraciones mayores de DHA se han asociado con determinados resultados favorables, incluido un menor riesgo de pérdida gestacional; otros no encuentran una relación clara con calidad ovocitaria, número de ovocitos recuperados, fecundación o embarazo. Además, parte de los resultados positivos procede de estudios sobre ALA, EPA, patrones dietéticos completos o intervenciones combinadas. No podemos atribuir automáticamente esos resultados al DHA aislado.
Las diferencias pueden ser llamativas, pero proceden de datos observacionales. Las mujeres con mayor consumo de omega-3 pueden diferir también en otros aspectos de la alimentación, el metabolismo y el estilo de vida.
A día de hoy no existe una «dosis de DHA para mejorar la fertilidad». El DHA debe entenderse como parte de una nutrición preconcepcional adecuada, no como un tratamiento probado para mejorar los ovocitos, la fecundación o el éxito de una FIV.
La preparación del embarazo no debería centrarse exclusivamente en la mujer. La salud del espermatozoide también importa, y los omega-3 han despertado interés por su posible efecto sobre algunos parámetros seminales.
El DHA se incorpora a la membrana espermática y contribuye a su fluidez. También participa en procesos necesarios para la fecundación, como la capacitación, la reacción acrosómica y la fusión con el ovocito, y puede modular el estrés oxidativo. Una mayor presencia de DHA en la membrana espermática se ha asociado con mayor motilidad, morfología normal y concentración.
De nuevo, debemos distinguir tres cosas diferentes: una buena explicación biológica, una mejoría del seminograma y un aumento real de embarazos o nacidos vivos.

Mejor seminograma no significa necesariamente más embarazos
En estudios observacionales, una mayor ingesta masculina de omega-3 se relaciona con algunos parámetros seminales más favorables. Sin embargo, la asociación con concepción natural, implantación, embarazo clínico o nacido vivo no es concluyente. Por tanto, tampoco existe una dosis masculina universal de DHA para «mejorar la fertilidad». Puede considerarse un coadyuvante dentro de una dieta saludable, especialmente ante baja ingesta de pescado, astenozoospermia o contextos de estrés oxidativo.
La idea es sencilla: la salud preconcepcional es cosa de dos.
Entonces, ¿cuánto omega-3 necesitamos antes del embarazo?
Como referencia práctica, una mujer que está planificando una gestación debería asegurar al menos 250 mg diarios de DHA + EPA. Siempre que sea posible, la alimentación debe ser la primera fuente, priorizando pescado con buen contenido en omega-3 y bajo contenido en mercurio.
Cuando el consumo de pescado es escaso o inexistente, puede valorarse la suplementación. Pero saber cuántos miligramos ingerimos no siempre nos dice cuál es nuestro estado real de omega-3: dos personas con dietas o suplementos similares pueden presentar niveles diferentes.
Aquí aparece una posibilidad especialmente interesante: medir el punto de partida en lugar de asumirlo.
¿Podemos conocer nuestro estado de omega-3?
Sí. Existen pruebas que permiten analizar el perfil de ácidos grasos del organismo.
El DHA Prenatal Test de Puro Omega permite analizar, mediante una pequeña muestra de sangre, el perfil de diferentes ácidos grasos y conocer el Índice Omega-3, basado en la proporción de EPA y DHA presente en las membranas de los glóbulos rojos.
Este tipo de medición no informa únicamente de lo que estamos tomando, sino que permite aproximarnos al estado de omega-3 mantenido durante los últimos meses. En preconcepción puede ayudar a identificar un estado bajo, orientar de manera más individualizada la alimentación o la suplementación y, si procede, comprobar posteriormente la respuesta a los cambios realizados.
Esto resulta especialmente interesante porque una de las áreas donde el DHA presenta una señal clínica más consistente durante el embarazo —la prevención del parto pretérmino— parece depender en buena medida del estado basal de la mujer.
DHA durante el embarazo: la evidencia más sólida está en el parto pretérmino
Una de las evidencias clínicas más consistentes sobre DHA durante el embarazo es la reducción del riesgo de parto pretérmino, especialmente en mujeres que comienzan la gestación con un estado bajo de DHA.
En el ensayo ADORE, entre las mujeres con bajo DHA basal y buena adherencia, una suplementación de 1.000 mg diarios redujo el parto pretérmino temprano del 3,45 % al 1,2 %.
Otro análisis en 1.100 gestantes encontró una reducción modelada de alrededor del 65 % del parto prematuro antes de las 34 semanas con dosis altas entre aquellas que partían de niveles bajos de DHA.
El mensaje importante no es que todas las embarazadas necesiten dosis altas, sino que el beneficio parece ser mayor precisamente en quienes parten de un peor estado de DHA.
¿Significa esto que todas las embarazadas deberían tomar 1.000 mg?
No. Las dosis altas utilizadas en algunos ensayos no deben convertirse automáticamente en la recomendación para todas las mujeres.
La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) recomienda durante embarazo y lactancia mantener los 250 mg/día de EPA + DHA aconsejados para la población adulta y añadir aproximadamente 100–200 mg diarios adicionales de DHA.
En la práctica, para muchas mujeres asegurar unos 200–300 mg diarios de DHA mediante alimentación y/o suplementación es razonable. Dosis superiores, aproximadamente de 600–1.000 mg diarios de DHA o EPA+DHA, pueden valorarse de forma individualizada ante ingesta muy baja, dieta sin pescado, bajo estado de DHA o determinadas situaciones de riesgo de parto pretérmino.
No se trata de «cuanto más, mejor». Se trata de conocer el contexto y dar a cada mujer lo que necesita.
Un ejemplo práctico de consulta 🡪 Mujer de 40 años, que se someterá a una FIV, que no consume pescado azul suficiente (1 vez/semana), con antecedente de parto pretérmino previo hace 18 meses. Deberemos tener en cuenta la suma de factores de riesgo que nos hacen pensar que cifras altas de DHA puedan ser necesarias en este contexto y que, la monitorización del estado de DHA nos ayude a tomar decisiones.
¿Y la preeclampsia, el crecimiento fetal o la diabetes gestacional?
Los omega-3 también se han estudiado en relación con preeclampsia, restricción del crecimiento fetal, diabetes gestacional y depresión posparto. Sin embargo, los resultados son heterogéneos y no podemos presentar el DHA como una estrategia establecida para prevenir estas complicaciones.
Hablar de nutrición basada en evidencia también significa explicar con claridad dónde existen beneficios clínicos más constatados y dónde la evidencia es preliminar o heterogénea.
¿Y qué ocurre con el cerebro y la visión del bebé?
Desde el punto de vista fisiológico, el papel del DHA es sólido: se acumula rápidamente en el cerebro y la retina fetales, especialmente durante los periodos de mayor crecimiento. Asegurar su disponibilidad durante el embarazo tiene, por tanto, una base biológica clara.
Otra cuestión diferente es demostrar que una mayor suplementación materna produce mejores resultados posteriores en inteligencia, aprendizaje o conducta. Los ensayos muestran resultados inconsistentes en cognición global y comportamiento. La evidencia es algo más favorable para determinados aspectos del desarrollo visual.
En otras palabras: sabemos que el cerebro necesita DHA, pero eso no significa que «más DHA» haga que un niño sea más inteligente. El objetivo es asegurar una disponibilidad adecuada.
El DHA sigue siendo importante después del parto
El nacimiento no supone el final de esta historia. Durante la lactancia, el DHA de la leche materna depende en buena medida del estado y de la ingesta de DHA de la madre.
La evidencia clínica señala que administrar 100 mg diarios de DHA desde el tercer trimestre hasta 42 días después del parto es insuficiente para sostener el efecto durante la lactancia.
Por eso, durante esta etapa tiene sentido mantener el aporte recomendado: 250 mg diarios de EPA + DHA más 100–200 mg adicionales de DHA, especialmente cuando el consumo habitual de pescado es bajo.
No debemos olvidar que las leches de fórmula ya vienen enriquecidas con DHA.
En resumen, preconcepción, embarazo y lactancia: tres etapas de un mismo proceso
Quizá uno de los cambios más interesantes en nuestra forma de entender la salud reproductiva sea dejar de considerar la preconcepción, el embarazo y el posparto como compartimentos separados. Nutricionalmente existe una continuidad.
Antes del embarazo: asegurar una ingesta adecuada y llegar con buenas reservas, sin utilizar dosis elevadas con la expectativa de mejorar los ovocitos o conseguir antes un embarazo.
En el hombre: cuidar también la alimentación y el estilo de vida; el DHA puede favorecer algunos parámetros seminales, pero no sustituye el estudio de una alteración del semen ni ha demostrado aumentar de forma consistente el bebé.
Durante el embarazo: garantizar un aporte suficiente de DHA e individualizar cuando existe un bajo estado basal o un contexto de mayor riesgo de parto pretérmino.
Durante la lactancia: mantener el aporte porque el estado nutricional materno influye directamente en el DHA presente en la leche.
Herramientas como el DHA Prenatal Test pueden añadir una pieza útil a esta estrategia: conocer desde dónde partimos y, cuando esté indicado, comprobar cómo responde nuestro organismo a los cambios realizados.
Preparar un embarazo no significa tomar cuantos más suplementos mejor. Significa cuidar la alimentación, el descanso, el ejercicio, la salud metabólica y emocional, reducir exposiciones perjudiciales y asegurar que el organismo dispone de los nutrientes que va a necesitar.
El DHA forma parte de esa preparación, y el mejor momento para empezar a construir unas buenas reservas para la gestación es, precisamente, antes de que esa gestación empiece.
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